Ni-nis de clase alta
Un día vieron American Beauty y decidieron que querían ser como Wes Bentley. Aunque tres de ellos ni estudiaban ni trabajaban, los cuatro eran miembros de familias económicamente desahogadas, vivían en una bonita zona de Majadahonda y llevaban la vida fácil y sin preocupaciones de cualquier joven de clase alta. Si robaban era, declararon, para experimentar sensaciones.
Robar por diversión
Tienen entre 18 y 21 años. Tres de ellos no estudian, tampoco trabajan. El cuarto sí estaba estudiando. Pertenecen, según la guardia civil, a “familias estructuradas, estables y no conflictivas”. Robaban por diversión, sin planearlo siquiera, incluso en casa de sus propios vecinos mientras éstos dormían. Cualquiera diría que intentaban forzar la ocasión para ser descubiertos, aunque robaron hasta en 28 ocasiones antes de ser detenidos. Un juego muy peligroso que terminará, presumiblemente, en cárcel.
Apatía institucional
Juancho Santana, concejal por IU en el ayuntamiento de Majadahonda, apuntaba que en esta población la violencia juvenil es un problema latente desde los noventa, con el auge de los grupos de extrema derecha que, aunque últimamente son más escasos y están peor organizados, nunca han sido objeto de atención específica por parte de las instituciones, ya sea para prevenir la violencia con actividades de convivencia e interés social para los jóvenes, ya sea con acciones contundentes de naturaleza policial. De hecho, la propia Guardia Civil de Majadahonda calificó de grupete de chavales a unos neonazis que agredieron con navaja a varias personas en las fiestas locales del año pasado. Tampoco estamos muy lejos en el tiempo de los disturbios masivos en los que la llamada Pijo Borroka quemó hasta dieciséis coches policiales y tuvo en jaque a la policía de Pozuelo durante varias horas. Parece, por tanto, que las autoridades se limitan a ignorar este tipo de sucesos esperando que cesen por sí mismos, sin investigar sus posibles causas más allá de las inmediatas, no vaya a ser que alguien les cargue con otra tarea más encima. Pero parece que la estrategia del avestruz no arregla nada.
El Partido Popular va eliminando espacios públicos poco a poco, escamoteándoselos a la ciudadanía. Lo último que hicieron fue derribar un colegio público del centro del pueblo al que muchos niños iban andando para hacer más grande la plaza donde estaba. Su excusa fue que construirían una supuesta Casa de la Música, pero luego cancelaron el proyecto. El resultado es que hoy, en Majadahonda, hay un colegio público menos y que cada vez menos niños vuelven a casa solos andando desde la escuela. El Ayuntamiento nos quiere a todos en los centros comerciales.
No es justificable, pero tampoco extraño -con tales precedentes- que unos jóvenes de clase alta decidan cometer este tipo de robos: no trabajan (no lo necesitan), tampoco estudian. No tienen inquietudes de ningún tipo. Aunque existe una concejalía para ellos (la concejalía de Juventud), las actividades ofertadas por el Ayuntamiento son de tipo propagandístico o fomentan el consumismo. No hay convivencia ni construcción de la comunidad: la cultura se entiende como un bien más de consumo. Y es que lo que quizá falle en Majadahonda, en Las Rozas, en este aparente oasis de urbanizaciones a ambos lados de la A-6, sea nuestro propio modelo de sociedad egoísta, insolidaria, volcada sobre sí misma. Cuando la autorrealización ya no es emocionante, algunos optan por destruirse a sí mismos.
